Buscar

Mostrando entradas con la etiqueta 1.- El Kerigma Apostólico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1.- El Kerigma Apostólico. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de abril de 2025

KERIGMA TEMA 11. CRECIMIENTO Y TRANSFORMACION EN CRISTO


 Objetivo del tema: El recién nacido debe dejar crecer la vida de Dios en él.

Hemos sido como niños recién nacidos, criaturas nuevas en Cristo Jesús. Lo peor que nos podría pasar ahora, seria quedarnos niños y no crecer.

Si nacimos en Cristo, ahora crezcamos en él hasta su estatura. Esto no significa otra cosa que dejarnos inundar más y más por la vida de Dios, que su gracia nos vaya transformando y que Cristo crezca mientras nosotros disminuimos (Jn 3,30).

Dios no ha terminado su trabajo con nosotros. Apenas si lo ha comenzado. Su plan es que nosotros reflejemos el rostro de Cristo, así como Cristo refleja el suyo. Dios necesitó un solo segundo para perdonarnos, pero necesita toda nuestra vida para transformarnos. Es una tarea continua; un proceso.

En la ciudad de Taxco hay muchos plateros que hacen verdaderas obras de arte con todo tipo de artículos de plata. Cuando un obrero está trabajando una bandeja del metal, la tiene que pulir y pulir hasta que su rostro se refleje con toda claridad y nitidez en la misma. De esa misma manera es la obra de Dios en nosotros. Él nos va puliendo y purificando hasta que en nosotros se refleje el rostro de Cristo.

Así pues, de manera sencilla podemos decir que el crecimiento en Cristo, es ir siendo más Jesús, más llenos de su Espíritu; dejar que Él ame, sirva y testifique a través de nosotros. En fin, que crezca la vida de Jesús en nosotros.

Este crecimiento se manifiesta de dos maneras:

A.- Viviendo las bienaventuranzas

Las Bienaventuranzas no son mandamientos ni obligaciones. Son el Evangelio puro. Es la obra de santificación que el Espíritu va haciendo en nuestra vida. Leer Mateo 5,1-12.

— Los pobres de espíritu: No actúan buscando riquezas ni intereses egoístas. Al contrario, están dependiendo sólo de Dios y están totalmente disponibles para servir al hermano.

— Los mansos. Ellos poseen los bienes materiales según el orden divino; sin codicia ni violencia, pero con la fortaleza que les hace responder con tranquilidad y firmeza a las situaciones de pecado.

— Los que lloran: A la luz de Dios captan la grandeza y la miseria del hombre, y, por tanto, la profunda necesidad que existe de salvación en la sociedad y sus estructuras, clamando por un mundo nuevo.

— Los que tienen hambre y sed de justicia: Pero no solo de la justicia humana, sino que buscan y trabajan eficazmente por la justicia de Dios que no está basada en la ley sino en el amor. Promotores activos de todo lo bueno, justo y honorable, para que el hombre llegue a ser lo que Dios quiere en el orden económico, político y cultural.

— Los misericordiosos: Haciendo suyas las miserias de los demás, los comprenden y pueden dar pasos efectivos para remediarlas.

— Los puros de corazón: Siendo libres de los criterios mundanos y los intereses partidistas o egoístas, para establecer los valores evangélicos en cualquier ambiente o estructura.

— Los buscadores de paz: Siembran frutos de justicia y de paz, proclaman palabras de vida, actúan con poder, destruyen las obras de pecado y colaboran a instaurar la paz mesiánica que es el cúmulo de todas las bendiciones de los tiempos nuevos.

— Los perseguidos: Si al Justo Cristo le persiguió el mundo injusto y sus secuaces, al siervo le pasará lo mismo que a su amo. Pero esto no hará sino crucificarlo con Cristo para absorber en su carne el mal que corrompe a la humanidad y de esa manera liberar el mal que pervierte las relaciones de los hombres.

Pero, ¿Quién puede hacer todo esto? Nadie, ciertamente. Es imposible para las fuerzas del hombre, aunque tenga buena voluntad, y comprometa en ello todos sus esfuerzos. Sin embargo, es posible para Dios. Esto es lo que Él quiere en nosotros. Fiel es quien nos ha llamado, quien ha iniciado en nosotros la obra, Él la terminará. ¿Qué es lo que nos toca a nosotros hacer? El segundo paso:

B. —Viviendo la fe

Sabiendo lo que Dios quiere y puede hacer en nosotros, debemos lanzarnos a actuar conforme a lo que creemos. La fe o se vive, o se pierde; o se vive, o no es fe.

La fe se debe manifestar en hechos y circunstancias concretas. Si nosotros sabemos y creemos que Dios quiere hacernos vivir las Bienaventuranzas hemos de lanzarnos en fe a vivirlas, apoyados en sus promesas, llenos del poder de su Espíritu, seguros que nuestra Iimitación no es más grande que su Poder.

Dios nos pide dar pasos en la fe, y si caminamos en fe veremos la Gloria de Dios, es decir, la salvación en todos los campos de la vida humana. Entonces seremos testigos de que suceden cosas mucho más allá de las débiles fuerzas de los hombres. Sólo si creemos y vivimos lo que creemos, veremos las maravillas de Dios.

Lo importante es creerle más al Señor que a los criterios mundanos manifestados en la televisión, la prensa, el internet o el decir de la gente. Y porque le creemos confiamos plenamente en Él y dependemos sólo de la Fuerza que viene de lo Alto, su Santo Espíritu, para llevar a cabo la obra que a los ojos del mundo parece locura, pero que manifiesta la sabiduría de Dios.

La fe es certeza en Dios y en su fidelidad. Es seguridad en sus promesas. Es vivir conforme a lo que creemos y tener la experiencia de la fidelidad de Dios que cumple sus promesas. Esta fe se vive en todos los ámbitos de la existencia humana y sus relaciones con la creación: en el terreno personal, comunitario y social, en el área política y económica, en los aspectos laborales y religiosos. En fin, en toda la vida y en cada momento. 

María, modelo de crecimiento en Cristo

— Ella es la esclava del Señor que se dejó modelar por el Espíritu Santo. El poder del Altísimo la cubrió con su sombra y formó en ella a Cristo.

— La bienaventurada por vivir de la fe, la confianza y el abandono total a la voluntad de Dios.

— La que sirve a los necesitados: Isabel, los novios de Cana, el discípulo amado...

— La que está siempre con Jesús y bajo Jesús, colaborando en la obra de la salvación.

— La que permanece junto a la cruz de su Hijo.

— La que ora y se abre al Espíritu en Pentecostés.

— La bienaventurada, no por lo que ella hizo por el Señor, sino por las maravillas que hizo en ella el Todopoderoso.

Cristiano no es el que dice: "Señor, Señor", sino el que cumple con la voluntad de Dios. Cristiano no es el que se dice tal, sino el que deja a Cristo vivir en él y llega a decir: Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí: Gal 2,20.


domingo, 13 de abril de 2025

KERIGMA TEMA 10: LLENOS DEL ESPIRITU, SUS FRUTOS Y CARISMAS





Objetivo del tema: Mostrar que la Vida Nueva se manifiesta por sus frutos, los cuales hay que buscar y practicar.

Un árbol bueno, cuando crece, da frutos buenos. Si no, se le corta, se le echa fuera, y se le quema. Pero si da fruto, se le cuida, poda y abona para que dé más fruto.

Así como un manzano da manzanas y una higuera da higos, los que hemos recibido el Espíritu Santo debemos manifestar los frutos del Espíritu. Si en verdad el Espíritu Santo esta" en nuestros corazones se deben manifestar frutos de santidad en nuestras personas.

Dios, como sembrador, plantó ya su Buena Semilla (El Espíritu Santo) en una tierra que Él mismo preparó (en nosotros). Él la regó con Agua Viva y la abonó con la Sangre preciosa de su Hijo. Ahora, naturalmente espera que dé mucho fruto y un fruto que permanezca. Pero los frutos que Él espera son los frutos de la semilla que Él sembró; no de ninguna otra.

San Pablo nos dice claramente cuáles son los frutos del Espíritu:

El fruto del Espíritu es amor, alegría y paz; generosidad y comprensión de los demás; fidelidad y bondad; mansedumbre y dominio propio: Gal 5,22-23.

Por otro lado, los frutos de las cizañas plantadas por el enemigo son:

Fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordias, celos, iras, rencillas, divisiones, sectarismos, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes: Gal 5,19-21.

El árbol se conoce por sus frutos. Si estamos llenos del Espíritu, vivamos según el Espíritu y no según las tendencias de la carne y los criterios mundanos. Lo importante ahora para nuestra vida, no es el haber recibido una vez el Espíritu Santo, sino vivir de una vez para siempre, todos los frutos del Espíritu. ¿En verdad se están manifestando estos nueve frutos del Espíritu? Cuando en la primitiva Iglesia se tuvo necesidad de siete servidores, los Doce Apóstoles dijeron a la comunidad de creyentes:

Busquen a siete varones llenos del Espíritu Santo.

Hech 6,3.

La comunidad rápidamente los encontró y les presentó a los Apóstoles. Es que a estos siete hombres se les notaba tan claramente que estaban llenos del Espíritu Santo que fácilmente fueron identificados.

La gloria de Dios está en que demos mucho fruto. De una manera especial deben aparecer en nosotros los frutos que Dios reclama a su pueblo desde hace 28 siglos a través de su profeta Miqueas:

Se te ha declarado, oh hombre, lo que Dios te pide: —Practica la justicia —Ama misericordiosamente —Camina humildemente con tu Dios: Miq 6,8.

— Practica la justicia: Otro fruto del Espíritu es el vivir la justicia en todas nuestras relaciones económicas y sociales. La fuerza del Espíritu Santo debe llegar a invadir el campo social y comunitario de nuestra vida. Implantar la justicia de Dios en este mundo, en el ambiente y estructura donde nos encontramos, es tarea de todo hombre lleno del Espíritu. No se trata de que seamos justos nada más en el fondo del corazón sino que practiquemos y sembremos la justicia efectivamente.

— Ama misericordiosamente: Sobre todo en este fruto se conoce a los discípulos de Jesús: Jn 13,34.

Ámense los unos a los otros como Yo los he amado: Jn 15,13.

Antes no éramos capaces de amar como Cristo, pero ahora sí podemos, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado: Rom 5,5.

— Camina humildemente con tu Dios: La presencia del Espíritu Santo en nuestra vida nos va haciendo más y más conscientes de nuestra debilidad y que sin Él nada es posible. No somos sino siervos y nunca mejores o superiores a los demás.

San Pablo, por su parte, llega al terreno práctico y nos muestra tres formulas para vivir la vida del Espíritu:

A. —No extingan el Espíritu: leer 1 Tes 5,19.

B. —No entristezcan al Espíritu: leer Ef. 4,30.

C. —Permanezcan llenos del Espíritu: leer Ef. 5,18.

Nuestros primeros hermanos en la fe, vivían de manera extraordinaria todo este programa porque se podían ayudar los unos, a los otros. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos da testimonio de ello. Sobre todo en Hech: 2,42, se nos dice cómo le hacían:

Perseveraban en la comunidad, en la Enseñanza de los Apóstoles, en la Fracción del pan, y en las Oraciones.

a. —La Enseñanza de los Apóstoles. Esta enseñanza, como la de Jesús, era para vivir la fe las veinticuatro horas del día. No era tanto una doctrina teórica, sino ante todo la forma como un creyente se debía conducir en el mundo. Enseñanza basada en la Palabra del Señor. Todo recién nacido debe alimentarse de la Palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura. La Biblia no es un libro que hable de Dios, sino Dios mismo hablándonos. La Biblia no es un libro, es una Persona, la Persona misma de Dios que se revela y entrega a los hombres. Enseñanza también del misterio de Dios y de su obra salvífica en la historia. 

b. —Las Oraciones. Una de las primeras palabras que se le enseña a decir a un niño es "papá". Un recién nacido en el Espíritu debe igualmente aprender a decir "Papá" a Dios. Sin esta continua relación filial con Él, el Espíritu en ti se irá apagando y terminará por extinguirse. La oración personal es absolutamente necesaria para continuar en el camino del Señor. Sin ella se va enfriando el amor a Dios, no se adquiere nunca su sabiduría y se debilita su poder en nosotros. La oración comunitaria o litúrgica es igualmente indispensable. En ella se manifiesta la unión del pueblo de los redimidos, que, juntos, con Cristo a la cabeza, dan todo honor y toda gloria al Padre de los cielos. La oración personal debe promover en nosotros el gusto y el interés por la oración comunitaria y litúrgica, mientras que ésta a su vez, debe hacer crecer las ansias de un contacto más íntimo y personal con el Señor. 

c. —La Fracción del Pan. La Eucaristía es la fuente y el culmen de la evangelización. Los cristianos, ya marcados con el sello del Bautismo y la Confirmación encuentran su inserción plena en el Cuerpo de Cristo al recibir la Eucaristía. La Asamblea Eucarística es el centro de la comunidad cristiana. (Presb. Ord. 5). EI Bautismo es la fuente de la vida cristiana, la Confirmación su fuerza y la Eucaristía su culmen. Por eso, toda iniciación cristiana o renovación de esta iniciación debe culminar con la celebración del Misterio de la Eucaristía, en una vivencia continuada de la unión con Cristo, dentro del amor de la comunidad cristiana. La celebración de la Cena del Señor debe ser realmente una manifestación gloriosa de la muerte y resurrección del Señor, y una demostración eficaz de lo que anuncia y proclama. Por eso, debe tener las siguientes características: 

Kerygmatica: Verdadero anuncio de la muerte libradora de Jesús y proclamación efectiva de que está vivo en medio de su comunidad cristiana. 

Karismática: Donde se transparente con evidencia el carisma por excelencia, que es el amor, y se manifieste el poder de Dios que actúa entre los suyos a través de los dones espirituales. 

Koinonía: Donde se participe no solo del Cuerpo del Señor, sino también de todo lo que se es y de lo que se tiene, como ya lo proclamaba San Ireneo a finales del siglo segundo. El Espíritu Santo, cuando viene a nosotros, no llega solo, sino que viene con todos sus frutos. Estos frutos son el signo evidente de su presencia, y acción entre nosotros. Pero, aún más, viene con el rico cortejo de sus carismas para construir la comunidad cristiana. Estos carismas, son dones gratuitos de Dios, que reparte a quien quiere, para bien de todos. Por tanto, son más necesarios de lo que nos pudiéramos imaginar. A través de ellos tenemos la oportunidad de ser canales del amor y el poder del Espíritu, para bendecir a nuestros hermanos más necesitados.

Existe un sinnúmero de carismas que todos tenemos. Pero Dios ha querido regalar también carismas especiales que tienen un fin evangelizador, manifestando la presencia poderosa de Dios en medio de nosotros. Quien duda de los carismas de lenguas, profecías y curación no duda del poder de Dios, sino del amor de Dios. Estos carismas son para hoy y no sólo para el principio de la vida de la Iglesia, porque la Iglesia hoy sigue naciendo y extendiéndose en el mundo. Tal vez nunca han sido tan necesarios como hoy día. ¿Y quiénes somos nosotros para decirle a Dios: no quiero este o aquel carisma?

Dios quiere construir su pueblo a través de los carismas que edifican la comunidad. Quien se cierra a los dones del Espíritu ya se está cerrando al Espíritu de los dones y renunciando a ser instrumento del Señor para bendición de la comunidad.

A través de los carismas, experimentamos tanto el amor como el poder de Dios. Gracias a ellos testificamos que lo que es imposible para los hombres es posible para Dios. Ellos nos capacitan para lo que nosotros antes no podíamos hacer con nuestras solas fuerzas.

Por el uso de los carismas, nos convertimos en cooperadores en la construcción de la Iglesia de Jesús. Por eso no es lícito menospreciarlos ni reducirlos a unos cuantos. Quien niega cualquiera de los carismas no lo hace porque dude del poder de Dios. En realidad duda de su amor.

viernes, 4 de abril de 2014

KERIGMA TEMA 9: ORACION POR LA EFUSION DEL ESPIRITU


 

Objetivo del tema: Pedirle a Dios, en el Nombre de Jesús, Mesías, que cumpla la promesa de enviarnos su Espíritu Santo, y, seguros de haberlo recibido, alabarlo y bendecirlo.

Dios siempre cumple lo que promete. Él nos ha prometido su Espíritu Santo para renovar nuestro corazón y ha llegado la hora en que el cumpla su promesa. Él es fiel y no puede fallarnos. Es más fácil que se acabe el cielo y la tierra a que el deje de cumplir su promesa.

Vamos a explicar cómo disponemos a recibir el Don de Dios que Jesús va a enviar sobre nosotros. Sin embargo, debe quedar bien claro que no se trata de una técnica o método mágico. No. Dios hace las cosas como Él quiere y Él ya ha planeado desde toda la eternidad cómo nos va a enviar su Espíritu Santo en esta ocasión. Incluso, el Espíritu puede irrumpir en nuestro corazón antes de terminar la presentación de este tema, como le pasó a Cornelio y su casa cuando Pedro les predicó: Hech 10,44; 11,15.

La primera actitud que debemos tener es de fe: certeza de que Dios va a cumplir lo prometido, dando su Espíritu Santo a todos los que con corazón abierto se lo pidan. No venimos aquí para ver si Dios nos da su Espíritu. Estamos aquí porque nos lo va a dar. Él lo prometió y no puede fallar. Es más, está garantizado. Garantizado por la misma palabra de Jesús, por su muerte y resurrección.

Fiel es el que os llama y es Él quien lo hará: 1 Tes 5,24.

Ciertamente no debes estar pensando: yo no merezco el Don del Espíritu Santo. Ninguno de nosotros lo merece. Pero Cristo Jesús, Hijo Amado del Padre, lo mereció por ti y quiere regalártelo. Él, con su muerte y resurrección, lo ganó para ti y ahora te lo ofrece.

Tampoco debes decir: Yo no soy nadie para pedir el Espíritu Santo. Es cierto. Tú no eres nadie para pedirlo. Pero hoy tú no lo vas a pedir. Es Jesús quien lo va a pedir por ti, para ti. Tú lo vas a recibir. No necesitas pedirlo. Cristo Jesús, a quien el Padre siempre escucha y da todo cuanto pide, es el que va a pedir Espíritu Santo para ti este día. No pienses en ti, piensa en Cristo Jesús.

¿Cuánto cuesta el Espíritu Santo?

El que tenga sed que se acerque, y el que quiera que reciba gratuitamente el Agua de Vida: Ap. 22,17.

La recepción del Espíritu Santo no depende de nosotros ni de nuestros méritos. Ni siquiera de nuestra preparación. Nadie puede estar preparado para recibir al Espíritu de la Promesa. La donación del Espíritu depende sólo de Jesús. Sólo el Mesías, que está lleno de Espíritu Santo, puede darlo a quien se lo pida. El Espíritu Santo no viene porque seamos santos, sino para que seamos santos. El Espíritu Santo no viene porque nosotros seamos buenos, sino porque Dios es bueno y cumple sus promesas.

Por otro lado, tú no debes decidir y planear cómo va a ser tu experiencia cuando venga a ti el Espíritu Santo. A ti no te toca decidir cómo va a suceder. Dios, desde toda la eternidad, planeó con sabiduría y amor cómo te iba a tocar este día con su Espíritu. Tú no debes ponerle condiciones a Dios y limitar su acción, diciéndole: yo quiero tener la experiencia que tuvo mi hermano, mi amigo o tal persona al recibir la efusión del Espíritu. No. Eso no depende de ti. Depende de Dios que te conoce y sabe cómo te bendice. No le pongas tampoco ninguna barrera. Déjalo que Él se manifieste como Él quiera. No debes promover tu emocionalismo, pero tampoco debes reprimir tu emotividad, porque ciertamente algo grande e importante va a suceder hoy en tu vida. No te preocupes por la envoltura del regalo. Lo más importante es el Don del Espíritu Santo que vas a recibir. Lo esencial no es lo que sientas o no sientas: lo fundamental es que hoy vas a recibir una nueva efusión del Espíritu de Dios que va a cambiar tu vida. La única prueba de que recibiste el Espíritu Santo es el cambio de vida que comenzarás a experimentar. La prueba de que recibiste el Espíritu Santo no es si sentiste bonito, lloraste o hablaste en lenguas.

La prueba de que recibiste el Don de Dios es que desde hoy tendrás una paz y una seguridad como nunca la habías tenido en tu vida. Comenzarás a amar de una manera distinta. Estarás capacitado para apartarte de todo pecado y revestido de un poder de lo Alto para testificar a Cristo; gusto por la oración y hambre por la Palabra de Dios. Y sobre todo, una presencia de Dios en tu vida que no se aparta de ti. Cristo, que comienza a vivir de una manera nueva por su Espíritu en tu vida.



La actitud primordial no debe ser la de entregarte a Dios, debe ser la de recibir. Recibir a Dios, recibir el Don del Espíritu. No eres tú quien va a ir a Dios. Va a ser Dios que va a venir a ti. Más que una actitud activa, debe ser pasiva: dejar hacer al Señor lo que Él quiera. Todo corre por su cuenta. Abandónate en sus manos.

Tu corazón debe estar en paz y tranquilidad. Sin miedo ni ansiedad. Sin nerviosismo o temor. Simplemente va a ser un abrazo del Dios amoroso que es tu Padre. Sólo déjate amar y llenar por Él. Lo demás corre por su cuenta. No te vayas a distraer contigo mismo o con los demás. No te veas a ti mismo; no pienses en ti. Ve a Jesús, piensa en Él. Muchas tentaciones podrás tener de distraerte, pero toda tu atención debe estar centrada en el Señor Jesús. Aunque la persona que está junto a ti llore o se desmaye; aunque temblara o se cayera la pared de atrás; tú no te distraigas. A los hermanos que lo necesiten, se les atenderá. Tú no los vas a atender. Tú atiende al Señor Jesús. Algunos pueden recibir el Don del Espíritu de una manera suave, como una brisa; otros de una manera más fuerte, como un viento impetuoso. Tú no preguntes por qué. Simplemente deja que el Señor haga la obra como Él quiera.

Nuestra actitud central es la de fe. Estar seguros de que el Señor va a cumplir su promesa. Va a ser el mismo Mesías quien va a pedir a su Padre, el Espíritu Santo para cada uno de nosotros. La oración es la oración de Jesús; en su Nombre. Por eso, estamos seguros de que vamos a recibir el Don de Dios. Nosotros, pues, no lo vamos a pedir. Nosotros lo vamos a agradecer. Nuestra oración será la acción de gracias y alabanza a Dios que ha cumplido su Promesa. Esta oración de alabanza y acción de gracias la haremos en voz alta cada uno, abriendo nuestro corazón, y si el Señor quiere, nos dará también el poder alabarlo con sonidos inefables que nosotros no comprendemos pero que son la oración en el Espíritu de la que nos habla el Nuevo Testamento. Estemos, pues, también abiertos a este don de oración en lenguas que el Señor frecuentemente da con la efusión del Espíritu.

Dios nos va a inundar con el Agua Viva de su Espíritu Santo. Nos sumergirá en el océano de su Amor y su Poder. Pero, nos puede pasar como a esas botellas que flotan en el mar. El agua la rodea por todas partes, pero no entra porque tienen un tapón que no permite que el agua llegue a lo más profundo. Para que esto no nos suceda es necesario quitarnos el tapón que impide se realice el plan de Dios. Ese tapón es el pecado y todo rencor y resentimiento que hay en nuestro corazón.

Antes de pedir al Padre en el Nombre de Jesús que nos envié su Santo Espíritu, vamos a quitar de nuestro corazón cualquier obstáculo que impida que el Espíritu se derrame en nuestro corazón como un río de Agua Viva.

El obstáculo que tenemos es la falta de amor. Cualquier odio, resentimiento o rencor que exista para con algún hermano nuestro, es una barrera que está deteniendo el Espíritu Santo fuera de nosotros. Perdonemos, pues, las ofensas, como Dios nos ha perdonado a nosotros:

Oración de perdón de ofensas

En la siguiente oración, se pueden cerrar los ojos, para ir trayendo a la imaginación a cada una de las personas que se vaya nombrando.

* Perdono a mis padres porque no me dieron todo el amor y la atención que yo necesitaba. Les perdono las veces que me hicieron a un lado, los castigos injustos, los golpes y gritos con que me hirieron. Les perdono también su silencio e indiferencia para conmigo. Les perdono las veces en que se gritaron y pelearon delante de mí. Les perdono sus incomprensiones o preferencia por otro de mis hermanos.

-- Papá, mamá, yo les perdono de todo corazón con el mismo perdón de Cristo. Que Dios te bendiga, papá; que Dios te bendiga, mamá. Yo les doy el abrazo de la paz y la reconciliación.

* Perdono a mis hermanos por todas las veces que no me tomaron en cuenta. Por hacerme a un lado en sus juegos y diversiones. Porque a mí no me tenían la misma confianza que a sus amigos, por las veces que se aprovecharon de mí y por las veces que me acusaron delante de mis padres.

-- Hermano, yo te perdono de todo corazón con el mismo perdón de Cristo. Que Dios te bendiga, hermano. Yo te doy el abrazo de la paz y la reconciliación.

* Perdono también a mis compañeros de escuela por todas las burlas que hacían de mí y de mi familia. Los perdono completamente. Perdono al compañero que me golpeaba, al que me puso aquel apodo que no me gustaba. Perdono a todos los que se reían y burlaban de un defecto físico o de mi manera de ser.

-- Compañeros de escuela, yo les perdono de todo corazón como Cristo me ha perdonado a mí. Que Dios los bendiga a todos en estos momentos. Yo les doy el abrazo de la paz y la reconciliación, especialmente a quien más me ofendió.

* Perdono a mis profesores y maestros por las veces que me humillaron delante de mis compañeros, por sus reprensiones o calificaciones injustas. Por no haberme apoyado o ayudado. Por los complejos que en mí crearon con sus actitudes. Porque me hicieron sentir que no me querían; yo los perdono.

-- Maestros y profesores, Cristo, a través de mí, los perdona de todo el mal que consciente o inconscientemente hicieron en mi vida. Que Dios los bendiga a cada uno de ustedes. Yo les doy el abrazo de la paz y la reconciliación.

* Perdono igualmente a mis jefes y superiores que no reconocieron lo que yo era y hacía. Les perdono sus favoritismos y arbitrariedades; porque nunca me dieron un cargo de verdadera responsabilidad, por las veces que fui víctima de sus injusticias y de sus burlas. Les perdono el abuso de autoridad que tuvieron conmigo. Sus presiones y chantajes.

-- Jefes y superiores, con la autoridad de Cristo yo los perdono de todo corazón. Que Dios los bendiga abundantemente a todos ustedes. Yo les doy el abrazo de la paz y la reconciliación.

* Perdono al novio, novia que hirió mi corazón, dejándolo lastimado y desconfiado. Perdono al que se burló de mí y me usó como un mero pasatiempo en su vida. Perdono a él, ella, que no supo corresponder con amor a mi amor.

-- Yo te amo ahora con el amor de Cristo. Por eso, te perdono de todo corazón. Que Dios te bendiga. Yo te doy el abrazo de la paz y la reconciliación.

De acuerdo a las circunstancias se puede añadir el perdón a otras personas:

— Esposo (a), abuelos, tíos o tutores.

— Familia política y parientes cercanos.

— A quien nos ha robado, injuriado o difamado.

— A sacerdotes, monjas y clero en general.

— También hay "algunas" personas que guardan un resentimiento para con Dios y no le han perdonado la muerte de un ser querido, un defecto físico o la pérdida de un miembro propio o ajeno.

— Otros, tampoco se han perdonado a sí mismos una falta, un pecado o error.

-- Yo perdono a todos los que me han ofendido. En el Nombre de Cristo renuncio a todo odio, rencor y resentimiento que exista en mi corazón. De una manera especial en estos momentos perdono a la persona que más me ha ofendido, que más mal me ha hecho. La perdono de todo corazón y para siempre con el mismo perdón que Cristo ha tenido para conmigo. Pienso en esta persona y veo a Cristo junto a ella. Cristo la bendice y la abraza. Yo también la abrazo y le doy el perdón que Cristo ha tenido para conmigo.

.-.-.-.-.-.-

Ahora, seguros de que no hay ningún obstáculo en nuestro corazón, nos abandonamos a Cristo para que Él haga la oración y le pida a su Padre el Espíritu Santo prometido para cada uno de nosotros. En esta oración está muy cerca María, como estuvo en aquel primer Pentecostés con los discípulos de Jesús. Ella está al lado de cada uno de nosotros.

Como signo de apertura al Señor se ponen de pie los que libremente quieran recibir hoy la Promesa del Padre. Es Jesús, y sólo Jesús, quien da este Espíritu Santo. Pero como signo de amor y solidaridad, algunos hermanos estarán junto a cada uno de ustedes, para unirse a la oración de Jesús pidiendo Espíritu Santo y a la acción de gracias de cada uno de ustedes por el Don recibido. Ellos impondrán sus manos sobre la cabeza de cada uno de ustedes, y si el caso lo requiere, podrán ayudarlos a abrirse al Don del Espíritu y a cualquiera de sus manifestaciones. Los que quieran esta ayuda de los hermanos abran sus dos manos levantándolas en alto.

[Con el signo de la imposición de las manos, el cual no quiere significar otra cosa que la solidaridad y comunión en la oración, se ora por cada uno de los hermanos, a los cuales se les invita a comenzar a dar gracias a Dios por el Don recibido y que no pongan resistencia al don de lenguas, por si el Señor quiere dárselos, ya que es frecuente recibirlo en estos momentos.]



ORACION A JESUS MESIAS PIDIENDO ESPIRITU SANTO

(Es mejor que sea espontanea, pero más o menos con los siguientes elementos)

Jesús, Señor de los cielos y tierra, creemos que moriste en la cruz por nuestros pecados. Pero que Dios te resucitó y estás vivo para nunca más morir. Que el Padre te ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Estamos seguros de que todo lo que pides al Padre, Él te lo concede. Permítenos tomar tu Nombre Santo que está sobre todo nombre, y en tu Nombre con tus méritos, pedirle al Padre que derrame abundantemente su Espíritu sobre nuestros corazones. Padre Santo, en el Nombre de Jesús, el Mesías, el Hijo de tus complacencias, a quien no le niegas nada, danos tu Espíritu Santo. Él lo prometió. Danos, Padre, una nueva efusión de tu Espíritu que transforme todo nuestro ser y nos haga criaturas nuevas en Cristo Jesús para tu gloria.

Jesús, sabemos que tú estás lleno de Espíritu Santo. Abre tu corazón y llena el nuestro con tu Santo Espíritu que nos santifique y nos transforme.

Espíritu Santo, ven a cada uno de los que aquí estamos. Llénanos de ti. Inúndanos, bañanos, purifícanos, santifícanos y transfórmanos. Ven y haz de nuestro corazón un Templo vivo donde habites por siempre. A continuación, viene la oración personal sobre cada uno de los que manifiestan quererla. Durante esta oración sugerimos lo siguiente:

— La persona sobre la que se ora pidiendo el Espíritu Santo permanece en alabanza, repitiendo en voz alta su oración. Esto facilita el recibir el don de lenguas, cuando Dios lo quiere conceder. Orar con el signo de solidaridad de imponer las manos sobre la persona.

— La oración se debe centrar en un solo motivo: que Dios derrame una nueva efusión de su Espíritu. Sugerimos que aquellos que tienen el don de lenguas oren en lenguas.

COMENTANDO SOBRE LA EFUSION DEL ESPIRITU

A esta efusión del Espíritu generalmente se le llama "Bautismo en el Espíritu Santo". En otros lugares "Renovación del Espíritu" o "Release of the Spirit". También se le llama "Renovación del Bautismo en el Espíritu Santo" (aquí el termino Bautismo en el Espíritu Santo se entiende como la iniciación cristiana a través de los sacramentos de iniciación). También se le denomina "La efusión del Espíritu" o simplemente, para no absolutizar: "Una efusión del Espíritu".

Ningún término es completo para expresar la realidad que dicha experiencia encierra. Tampoco es mi intención justificar alguno de ellos. Yo he usado sobre todo "Efusión del Espíritu" porque es el más abierto y acorde con la terminología tradicional de la Teología en la Iglesia Católica.

Con "el Bautismo en el Espíritu Santo" o "Efusión del Espíritu" sucede como con todo tipo de fenómeno espiritual o místico. Primero se vive la experiencia del fenómeno; luego se trata de explicar con aproximaciones, imágenes o analogías; y por último, se va precisando en un lenguaje teológico apropiado. Así, la primera vez que el Papa Pablo VI habló sobre la experiencia de la Renovación el 10 de octubre de 1973 se limitó más a describirla por sus frutos que a definirla.

Lo cierto y más importante de esta experiencia es que algo especial pasa en las personas que piden a Jesús derrame en sus corazones la Promesa del Padre. Muchos señalan este momento como definitivo en su conversión al Señor. Otros lo describen como la puerta que les ha abierto un mundo nuevo en su vida espiritual y todos hablan de un encuentro con Jesús vivo. Quienes han recibido esta Renovación de su iniciación cristiana comienzan a tener una nueva visión de las cosas de Dios y de su Iglesia, una fuerza poderosa para testificar a Jesús en todas las circunstancias de su vida, un profundo sentido comunitario y responsabilidad por cada uno de los miembros de la misma, en fin, una apertura a toda la gama de los dones y frutos del Espíritu Santo.

Por eso, pues, la experiencia que esta Renovación Carismática está ofreciendo a toda la Iglesia es incalculable, pues proviene de la misma fecundidad del Padre, de la fidelidad del Hijo y del poder y amor del Espíritu Santo a través de los instrumentos humanos que Él quiere usar. La cizaña que pueda haber sido plantada por un enemigo no debe hacer caer en la tentación de querer segar antes del tiempo oportuno, ya que se pueden cortar también las espigas. Ciertamente, esta experiencia de la Renovación Carismática, volviendo a las fuentes de la evangelización primitiva, y basada más que nada en el poder intrínseco de la Palabra y la fuerza del testimonio, animados ambos por el amor del Espíritu Santo, están renovando la Iglesia, construyendo el Cuerpo de Cristo, para la gloria del Padre.

 

domingo, 2 de enero de 2011

KERIGMA TEMA 8: LA PROMESA ES PARA TI


Objetivo del tema: Convencer que la experiencia de Pentecostés es ofrecida también a cada uno de nosotros, hoy.

El Bautismo en el Espíritu Santo que recibieron los Apóstoles fue tan abundante y definitivo que cambió su vida de tal manera, que quienes los habían conocido antes, se pudieron dar cuenta que siendo las mismas personas, se habían transformado radicalmente. Su rostro estaba lleno de alegría, mientras que su mirada reflejaba la esperanza y la paz de los hijos de Dios. Su fe era capaz de mover montañas, mientras el amor mutuo se palpaba sin dudarlo. En fin, toda su vida transparentaba el poder del Espíritu de Jesús que había sido derramado sobre ellos y los hacía vivir como hijos de Dios.

Los habitantes de Jerusalén deseaban compartir la misma experiencia. Por eso, les preguntaron: ¿Podemos también nosotros tener la experiencia de la fuerza de lo Alto? ¿Qué debemos hacer para vivir como ustedes viven? ¿Cómo podemos nosotros vivir la vida de Jesús que se refleja en ustedes?: Hech 2,37.

La respuesta de Pedro fue muy sencilla y clara:

Conviértanse, y que cada uno de ustedes se haga bautizar en el Nombre de Jesús para el perdón de los pecados; y recibirán el Don del Espíritu Santo, pues la Promesa es para ustedes, sus hijos y todos los que están lejos, para cuantos llame el Señor Dios nuestro. Hech 2,38-39.

La Promesa, el Espíritu Santo, es para todos y cada uno de nosotros. El Espíritu Santo lo prometió Jesús para cada uno de nosotros. De muchas y variadas maneras Jesús había hablado del Espíritu Santo que habrían de recibir los que creyeran en él. De una forma muy especial quiso simbolizar al Espíritu con el agua, porque ambos son principio de vida. Así como sin agua no hay vida en la tierra, sin Espíritu tampoco hay Vida Nueva. Por eso, Jesús dijo: 

Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí. Como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de Agua Viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en él, porque todavía no había Espíritu, pues aún Jesús no había sido glorificado: Jn 7,37-39. 

El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed. Sino que el agua que yo le daré se convertirá en él en fuente frotante de Vida eterna: Jn 4,14. 

El envío del Espíritu Santo que hace Cristo glorificado, es la cumbre de su obra salvadora. Para beber el Agua Viva solo existe una condición: tener sed de ella. Sólo el que tenga sed, puede ir a Jesús para pedirle que derrame el Río de Agua Viva que brota de su costado abierto. La única condición que se nos pide es que reconozcamos que tenemos necesidad del Espíritu Santo, que confiemos en que Jesús nos dará el Agua de Vida eterna que calmara nuestra sed.

¿Qué es lo primero que se necesita para prender una vela? Lo primero que se necesita es que este apagada. De igual manera, para recibir el Don de Dios, hay que necesitarlo. Para recibir la Luz de Dios es necesario reconocer que estamos en tinieblas; para recibir la fuerza de lo Alto es necesario reconocer que somos débiles. El no viene a los que se creen justos o buenos, sino a los necesitados y pecadores. Entre más le necesitamos, más le recibiremos. El más pecador experimenta más amor, más perdón y misericordia, porque donde abunda el pecado sobreabunda el amor de Dios. Aquel que más necesite, se le dará más. Lo primero que se necesita para llenar un vaso con algún liquido es que este vacío. Lo que necesitamos para que el Espíritu Santo nos llene, es estar vacíos de nosotros mismos y de todo pecado. Pero eso no es todo. También hay vasos pequeños, medianos, grandes e inmensos... dependiendo de tu apertura, y tu capacidad de recibir, así se te llenará de Espíritu Santo. Dios te dará todo el Espíritu Santo que tu corazón necesita. A los más necesitados les dará más. Cada uno recibirá de acuerdo a su posibilidad y capacidad de recepción. Cuanto más abierto y necesitado se esté, más se recibirá. ¿Cuánto necesitas tú, hoy? Jesús mismo es quien prometió enviar una nueva efusión de su Espíritu de parte de su Padre celestial: Yo les digo: pidan y recibirán, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre ustedes que, si su hijo pide pan, le da una piedra; o, si un pescado; en vez de pescado le da una culebra o, si pide un huevo, le da un escorpión? ¡Sí pues, ustedes, siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!: Lc 11,9-13.

Jesús ha prometido una nueva efusión de Espíritu en tu vida, Él es fiel, y Él lo hará: 1 Tes 5,24. Es tan abundante y generosa esta efusión de Espíritu Santo que Jesús da, que en muchos lugares del mundo se le conoce con el nombre de "Bautismo en el Espíritu Santo". Ciertamente este Bautismo en el Espíritu Santo no es ningún nuevo sacramento. Simplemente es una nueva efusión del Espíritu Santo que renueva en ti el Don que recibiste en el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Lo importante es que se trata de una experiencia del poder de Dios que cambia tu vida. Es Jesús, siempre lleno de Espíritu Santo, que continuamente lo está derramando sobre quienes se lo piden. Sólo tienes que pedírselo a Jesús, el cual está deseoso de dártelo. Jesús nos lo prometió, y nosotros le vamos a pedir que cumpla su promesa porque tenemos especial necesidad de su Santo Espíritu. Jesús quiere dar una nueva "efusión de su Espíritu Santo" para transformar tu vida. El ya ganó con los méritos de su muerte y resurrección este Don que te quiere regalar. Ciertamente no te obliga a que lo recibas. Solo si tú quieres y se lo pides. Tú no mereces el Espíritu Santo, pero Jesús, el Hijo de Dios, lo mereció por ti y para ti. Sólo te pregunta: ¿lo quieres? ¿Tienes sed de Agua Viva? Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre. Y lo que hizo en Pentecostés hace dos mil años, lo pude hacer ahora otra vez. Lo que hizo en el Cenáculo, lo puede hacer aquí. Lo que hizo en Pedro y los demás discípulos, lo puede hacer en ti, si se lo pides.. si reconoces que lo necesitas... si tienes sed del Agua Viva. Así como una vela encendida puede encender miles y millones de velas, y su luz no por eso disminuye ni se acaba, así es Jesús dando su Espíritu Santo: nunca se le acaba. ¿Cuánto nos cuesta el Don del Espíritu Santo? Nada. ¡Es completamente gratis! El que tenga sed que se acerque, y el que quiera, que reciba gratuitamente el Agua de Vida: Ap. 22,17b.

A nosotros no nos cuesta nada el Don del Espíritu porque a Jesús ya le costó su vida ganarlo para nosotros. Por eso se le llama "Don", porque es completamente gratuito. Jesús ya pagó su precio con su muerte y resurrección. Lo único que tenemos que hacer es acercarnos a Jesús glorificado que está lleno de Espíritu Santo y pedirle que Él mismo abra nuestro corazón de acuerdo a nuestras necesidades para que lo llene de su Santo Espíritu. Jesús, en su glorificación, fue llenado con plenitud divina de Espíritu Santo: Hech 2,33, siendo constituido Mesías o Cristo, que significa: ungido con Espíritu de Dios. Pero, fue tanta esta efusión que Jesús recibió, que la derramó sobre sus Apóstoles en Pentecostés y lo sigue haciendo hasta el día de hoy. Jesús Mesías es quien da Espíritu Santo. En el libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos varios acontecimientos como el de Pentecostés:

— 2, 1-41: Primer Pentecostés

— 4, 23-31: Pentecostés familiar.

— 8, 14-17: Pentecostés samaritano.

— 9, 17: Pentecostés de Pablo.

— 10,44-48: Pentecostés de los gentiles.

— 19, 1-7: Pentecostés de Éfeso.

A partir del glorioso día de Pentecostés, el Espíritu Santo se sigue derramando sobre personas y comunidades, hombres y mujeres, ricos y pobres. Cada uno de nosotros estamos llamados a vivir nuestro "Pentecostés personal". Hoy es día en que Dios te está ofreciendo el don de su Espíritu. La donación del Espíritu cambia nuestro ser de tal manera que desde fuera los demás se dan cuenta que algo ha pasado en nuestra vida. Cuando en la primitiva comunidad hubo necesidad de buscar a siete diáconos, los Apóstoles pidieron a la asamblea que escogieran a siete varones llenos de fe y de Espíritu Santo. Inmediatamente trajeron delante de ellos a Esteban, Felipe, Prócono, Nicanor, Parmenas, Timón y Nicolás. La comunidad percibía claramente quienes estaban llenos de Espíritu Santo. Si alguno tiene el Espíritu de Cristo: vive como Cristo, ama y sirve como Cristo, en fin, es un destello del mismo Cristo Jesús: En una ocasión dos señoras se acercaron abruptamente a su párroco y le insistían vehementemente:

— Padre, ¿no quiere que oremos para que reciba el Espíritu Santo?

El sacerdote, un tanto molesto, respondió bruscamente:

— El Espíritu Santo ya lo tengo yo: lo recibí el día de mi bautismo, lo recibí el día de mi confirmación y lo recibí el día de mi ordenación sacerdotal...

La otra señora que se había quedado callada respondió con sencillez:

— ¿Entonces no quiere que oremos para que se le note?

Sin duda que nosotros ya tenemos el Espíritu Santo. Pero, hoy, Dios quiere darte una nueva efusión, tan grande, tan abundante y generosa que hasta se te va a notar. No solo tú, sino todos los que te rodean se darán cuenta que algo nuevo ha pasado en tu vida.

Seguramente que ya tenemos el Espíritu Santo pero es muy diferente a que esté presente en nosotros a que le dejemos estar activo. Ciertamente lo tenemos como huésped de nuestra alma pero tiene que llegar a estar como centro de todas nuestras motivaciones y motor de toda nuestra actividad.

Jesús, una vez más, te ofrece el Don de su Espíritu el día de hoy. Quiere darte más de lo que ya te ha dado. No le puedes decir que no a esta prueba de su amor.

REFLEXION POR GRUPOS

1. ¿Quieres realmente recibir la Promesa del Espíritu Santo en tu vida?

2. ¿Qué necesitas para recibir el Espíritu Santo?

3. ¿Para qué es el Espíritu Santo en tu vida?

jueves, 25 de noviembre de 2010

KERIGMA TEMA 7: LA PROMESA DEL PADRE

Objetivo: Presentar al Espíritu Santo, quien, al cambiarnos el corazón, nos capacita para vivir la vida nueva.

A.- La Promesa

Antes de su muerte Jesús dijo a sus discípulos unas palabras misteriosas:

“En verdad les digo, me conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendría a ustedes el paráclito, pero si me voy, se los enviaré”. Juan 16, 7

Al resucitar Jesús, se apareció a sus discípulos dándoles la orden de no apartarse de Jerusalén, sino que esperaran la promesa del Padre de la que tanto ya les había hablado a lo largo de su ministerio.

“Yo voy a enviar sobre ustedes la promesa de mi Padre. Permanezcan en Jerusalem hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto”. Lucas 24, 49


“Serán bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días” Hechos 1, 5


“Recibirán la Fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalem, Judea, Samaria y hasta los confines de la Tierra”. Hechos 1, 8

Cuando Jesús hablaba de la venida del Espíritu Santo, la llamaba “la Promesa del Padre”. Se trataba por tanto de un compromiso de Dios con los hombres a través de Jesús.
Jesús había venido a traer una Nueva Vida, pero ésta no se podía vivir sin un Espíritu Nuevo y un Corazón Nuevo, si Dios no cumplía antes la Promesa hecha antes a través de los profetas Ezequiel y Jeremías.

“Yo les daré un solo corazón y les daré un Espíritu Nuevo, quitaré de su cuerpo el corazón de piedra y les daré un corazón de carne para que caminen según mis preceptos, observen mis normas y las pongan en práctica y así sean mi pueblo y yo sea su Dios”. Ezequiel 11, 19-20


“Esta será la alianza que yo pacté con la casa de Israel, después de aquellos días oráculo de Yahvéh- pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré: Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”. Jeremías 31, 33

El corazón del hombre sólo puede ser cambiado por Dios. Se necesita pues, la renovación interior del hombre por el Espíritu de Dios que lo transforme.

La novedad del evangelio no es Jesús dando una nueva ley, sino dándonos su Espíritu para que viva en nosotros: Gal 2, 20 Nos da de su Espíritu no sólo para que le conozcamos, sino para que podamos vivir su vida, siguiendo una conducta no según la carne, sino según el Espíritu.

Dios prometió su Espíritu no sólo para que se testificara con poder que Jesús había resucitado y estaba en la gloria del Padre, sino para activar su presencia salvífica en el seno de la Iglesia, y en el corazón de los creyentes haciendo vivir, amar, orar, servir a Cristo a través de cada uno.

La novedad del Evangelio no es una ley nueva, sino un Espíritu Nuevo que Jesús glorificado envía a los suyos para que puedan vivir la vida de Hijos de Dios. Jesús no sólo nos dio el derecho de podernos llamar hijos de Dios, sino que nos capacitó con su Espíritu, Espíritu de filiación divina, para que viviéramos como tales. (Rom 8, 15), (Gal 4, 6).

La obra de salvación no consiste nada más en ser perdonados de nuestros pecados, sino en la transformación de nuestro corazón en un corazón como el de Jesús. Toda letra, es decir, todo precepto exterior al hombre, incluso los preceptos del Nuevo Testamento, dice Santo Tomás de Aquino, es letra que mata. Pero la ley del Espíritu da vida, porque donde está el Espíritu, está ahí la libertad.

La nueva ley, ley del Espíritu, no es del Espíritu en cuanto que sea promulgada por El. Es del Espíritu porque el mismo Espíritu Santo es quien la lleva a cabo en nosotros. El es quien nos capacita para vivir la vida de fe, de amor y servicio de acuerdo a la voluntad divina.

Es decir, la única ley del creyente es la actividad del Espíritu Santo en él. Para el que vive en el Espíritu la única ley es la ley de la fe que da la vida. El no evita cosas malas porque están prohibidas por una ley, sino porque son malas en sí. No obra obligado o presionado por una ley exterior sino ante todo por un principio de Vida Nueva que lo lleva a evitar el mal porque es mal y a hacer el bien porque es bien.

(Psicología infantil… Una madre: Quisiera darles mi pensamiento)

El Espíritu viene a transformar el corazón del hombre. Así, el que actúa animado por el Espíritu lo hace en virtud de la propia exigencia del amor que habita en él y no por la fuerza de una imposición exterior. Es decir, el Espíritu le ha cambiado su corazón de piedra, endurecido por los apetitos de la carne, para que sepa discernir el bien y el mal y tener un dinamismo que lo capacite a realizar lo primero y evitar lo segundo.

La acción del Espíritu en el hombre lo hace cambiar todos sus apetitos, criterios y valores. Ya no sigue los deseos de la carne. El hombre espiritual, habitado por el Espíritu, desea, quiere y hace las obras del Espíritu.

Si vivimos según el Espíritu no daremos satisfacción a las obras de la carne.

“Pues la carne tiene apetencias contrarias al Espíritu y el Espíritu contrarias a la carne, como que son contrarias entre sí. Pero si son conducidos por el Espíritu, no están bajo la ley”. Gálatas 5, 17-18

¿Cuál es la diferencia entre alguien que vive según la carne y otro según el Espíritu? El primero es esclavo de las obras de la carne. Gálatas 5, 19-23
El que vive animado por el Espíritu de Cristo, no vive bajo la ley, porque ha crucificado todas las apetencias de la carne. Tiene los mismos sentimientos, criterios y valores de Cristo, porque tiene el mismo Espíritu de Cristo: El Espíritu Santo.

En este sentido podemos decir que la novedad del evangelio es el mismo Espíritu Santo que suscita en nosotros el querer y el obrar de acuerdo al pensamiento de Cristo. Filipenses 2, 13

Algunos se imaginan al hombre como una lámpara y el Espíritu Santo la corriente eléctrica que lo ilumina. Nada más falso que eso. El Espíritu Santo es una fuerza interior al hombre que lo cambia y transforma radicalmente. Es tal profundo al hombre mismo que llega a confundirse con el espíritu del hombre. Hay por ejemplo, muchos textos de las cartas de San Pablo en los que no es posible distinguir si está hablando del Espíritu o del espíritu. Así tan interior y radical es la presencia y la acción del Espíritu Santo en nosotros. El Espíritu de Cristo viene a ser nuestro espíritu.

Es una renovación tan profunda y total de la persona que san Pablo no encontró otra forma de expresar esta bellísima realidad sino diciendo que somos “creaturas nuevas”. (Gálatas 6, 15).

Hace dos mil años, Corinto era la ciudad más próspera del sur de Grecia, favorecida doblemente, este puerto privilegiado era sede de los juegos ítsmicos y la capital comercial de la Acaya. Sin embargo, su fama no le venía principalmente por ser “luz de toda Grecia”, como la llamó Cicerón, sino porque en este puerto cosmopolita se daban cita todas las depravaciones y degradaciones que el hombre pudiera conseguir.

De una manera especial destacaba la prostitución sagrada en su templo, dedicado a la diosa Afrodita en la cumbre de la acrópolis que ciertamente tenía mil sucursales extendidas por toda la ciudad.

Hasta en el vocabulario corriente de esa época existía el verbo “corintear” que significaba “caer en las peores perversiones de todos los órdenes”. Esta era la triste fama de Corinto: Corintear.

Además, cómo nos cuenta san Pablo en 1 Cor 6, 9-11 había multitud de impuros, idólatras, adúlteros, homosexuales, ladrones, borrachos, ávaros, ultrajadores y rapaces. Y San Pablo les dice a los cristianos:

“Tales fueron algunos de entre ustedes, pero han sido lavados, santificados y justificados en el Nombre del Señor Jesús, en el Espíritu de Nuestro Dios”. 1 Cor 6, 11

Por eso cuando los corintios aceptaron el evangelio y experimentaron la Nueva Vida, san Pablo les dijo:

“El que está en Cristo es una nueva creatura. Todo lo viejo ha pasado, un mundo nuevo ha llegado”. 2 Corintios 5, 17

Esta es la obra central de Espíritu Santo: Hacernos creaturas totalmente nuevas. El Espíritu Santo viene a cambiar al hombre. Haciéndolo a imagen y semejanza del mismo Cristo. Por tanto su acción no es accidental u opcional. Es absolutamente necesaria. Sin el Espíritu de Cristo, no le podemos pertenecer:

“El que no tiene el Espíritu de Cristo, ese mismo no es de Cristo”. (Rom 8, 9b)

El Espíritu Santo, antes de capacitarnos para cumplir un mandato, interioriza su ley, la escribe en nuestro corazón, es decir, nos hace querer y desear cumplir el bien que este precepto ordena. ¡Esta es la obra maravillosa del Espíritu Santo!

B.- El cumplimiento de la Promesa

No muchos días después de su resurrección, Jesús, lleno de Espíritu Santo, cumplió su promesa: Envió desde el cielo el torrente de su Espíritu sobre sus discípulos que estaban en oración con su madre María.

Cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles que…

“Llegado el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como de una ráfaga de viento impetuoso que llenó toda la casa donde se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego, que, dividiéndose, se posaron sobre cada uno de ellos. Quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse”. Hechos 2, 1-4

Jesús siempre cumple lo que promete. Pasarán el cielo y la tierra pero Él jamás dejará de cumplir una de sus palabras. Como lo había prometido tantas veces a sus discípulos, envió desde el cielo al Espíritu Santo.

Pentecostés no fue otra cosa que Cristo Glorificado, lleno de Espíritu Santo, que abrió su corazón para derramar su Espíritu sobre los suyos y así transformarlos en nuevas creaturas. Pero tan abundante y generosa la donación del Espíritu Santo que el mismo Jesús le había llamado “Bautismo en el Espíritu”.

Bautismo significa inmersión, bautizar = sumergir. Estar totalmente inundado, lleno. Para los apóstoles cambiaron totalmente las cosas a raíz de su bautismo en el Espíritu Santo:

 a.- En verdad conocieron la persona y la misión de Jesús. Les testifico quién era Jesús y la verdadera dimensión salvífica para la que el Padre lo había enviado. Les enseñó el hondo significado de las palabras del Maestro. Los llevó hasta la verdad completa. Al conocimiento perfecto de la Verdad, de Cristo Jesús que es la verdad y la vida.

 b.- Transformó su corazón. Cambió su corazón de piedra por un corazón de carne, les dio el mismo corazón de Jesús. Comenzaron a tener los mismos intereses, sentimientos y criterios de Cristo. Ya Cristo vivía en ellos por medio de su Espíritu.

 c.- Jesús Centro de su vida. Ya no buscaban ser servidos; sino servir, ser amados, sino amar; ser comprendidos, sino comprender. Experimentaron la verdad de aquellas palabras de Jesús: “Hay mayor alegría en dar que en recibir”. Hechos 20, 35

 d.- Comenzaron a testificar con palabras poderosas. Pedro tomó la palabra en nombre de toda la comunidad y con un discurso de unos minutos convirtió a tres mil almas. Era la obra del Espíritu que había transformado a aquellos hombres. Comenzaron a experimentar una fuerza nueva. Fuerza de lo alto que les hacía hablar en otras lenguas, curar enfermos, resucitar muertos y toda clase de signos, prodigios y milagros que manifestaban palpablemente la presencia de Cristo Salvador en medio de ellos.

 e.- Otro fruto: El nacimiento de la Iglesia, de la comunidad de los creyentes en Jesús. El ES no sólo es el alma y el motor de la iglesia, Él es su creador. Sólo los que tienen al ES le pueden pertenecer, y es el Es el que la anima. La vida de armonía, amor, paz, comunión que reinaba entre los apóstoles, era de tal manera nueva y atractiva que invitaba a todos a vivirla también: “Mirad como se aman”, decían los paganos cuando veían a los cristianos llenos de amor en el Espíritu Santo.

No había entre ellos ningún necesitado porque nadie llamaba suyos los bienes materiales, sino que los ponía al servicio de los hermanos. Los bienes de este mundo se compartían y distribuían de una manera cristiana, o sea, sirviendo a los más necesitados. Hechos 2, 44

 f.-Glorificaban a Dios. Desde ese momento comenzaron a alabar y dar gracias a Dios siempre y por todo. Si los metían a la cárcel, cantaban salmos. Si los azotaban y perseguían daban gracias Dios. Si pasaban hambres alababan al Señor. Siempre estaban llenos del gozo del Espíritu Santo, aún en medio de las enfermedades y las tribulaciones. La gracia del Señor les bastaba. Todo lo consideraban basura en comparación del conocimiento y el amor del Señor Jesús.

martes, 6 de julio de 2010

Liturgia Penitencial

RENOVACION DEL SACRAMENTO DEL BAUTISMO




Introducción.

Como culminación de esta primera parte del Curso de Evangelización, como renovación del Bautismo, se celebra una Liturgia penitencial, con el esquema de una Liturgia de la Palabra, donde se expresan los diversos aspectos de la conversión y la fe como aceptación de Jesús como Salvador. Es el primer momento importante del curso de evangelización.

Para llevar esta Liturgia se sigue el siguiente esquema:

o Introducción y cantos penitenciales
o Palabra de Dios: lecturas de contenido penitencial, en las que se encuentre una invitación a la conversión.
o Homilía, ubicando el sentido y el propósito.
o Expresión de los diversos aspectos de la conversión.
o Confesión de pecado
o Perdón de resentimientos Renuncia a Satanás
o Expresión de la respuesta de fe:
o Oración del Padre nuestro
o Oración para recibir a Jesús
o Como respuesta sacramental:
o Oración de liberación
o Absolución sacramental
o Cantos de alabanza y acción de gracias

(Antes de la Liturgia Penitencial o en los días inmediatos a ella, se invitará a las personas a que hagan una confesión sacramental personal).

Liturgia Penitencial



1.- Confesión de pecado

A cada frase repitamos: Perdón, Señor, perdón.

• Por no amarte con el ser entero y sobre todas las cosas.
• Por no tenerte como centro y Señor de mi vida.
• Por tener ídolos que sustituyen tu lugar y tu acción.
• Por no leer ni meditar diariamente tu Palabra.
• Por no actuar en tu presencia, con atención amorosa a Ti.
• Por no apartarme diariamente para orar.
• Por no participar frecuentemente en la Eucaristía.
• Por buscar conocimiento y poder en fuentes contrarias a Ti.
• Por utilizar tu Nombre en cosas contrarias a tu voluntad.
• Por no dar buen testimonio de Ti a los demás.
• Por no testificar de tu presencia en toda oportunidad.
• Por no estar comprometido en la misión evangelizadora.
• Por la falta de amor, entrega y servicio a mis hermanos.
• Por mantener resentimientos y rencores, y no ser capaz de perdonar.
• Por juzgar y hablar mal de los demás.
• Por cualquier ofensa, injusticia y daño a los demás.
• Por toda mentira, engaño, difamación y calumnia.
• Por las envidias, celos y discordias.
• Por toda codicia, afán de poseer más.
• Por todo robo o daño a los bienes del otro.
• Por no restituir o restaurar los daños causados.
• Por todo afán desordenado de lucro, de poder o de placer.
• Por toda impureza, sensualidad, fornicación y adulterio.
• Por no disciplinarme ante los estímulos sexuales y eróticos.
• Por ser causa consciente de tentación para los demás.
• Por todo desorden en la comida y en las bebidas.
• Por utilizar o promover drogas.
• Por no vivir el matrimonio de acuerdo a tu voluntad.
• Por no cumplir con una paternidad responsable.
• Por no cumplir debidamente los deberes cívicos.
• Por toda omisión culpable en la promoción de la justicia.
• Por no preocuparme y no hacer nada a favor de los pobres.
• Por no ser miembro vivo y activo en mi parroquia.
• Por no pertenecer y no participar responsablemente en ella.
• Por no vivir con entrega generosa mi vocación y misión eclesial.

Reconozcamos no sólo los actos sino sobre todo las situaciones estables y mantenidas voluntariamente.

2.- Expresión de fe

Vamos a manifestar nuestra fe en Dios y su obra salvífica a través de Jesucristo. Signos externos: Levantar la mano derecha, una vela en la mano, de pie, en voz alta, etc. Se responde: Sí, yo creo.

• ¿Crees que Dios te creo por amor y te ama como Padre?
• ¿Crees que El está presente en el mundo y lo transforma?
• ¿Crees que El ama a todos los hombres, especialmente a los pobres y a los pecadores?
• ¿Crees que El tiene un plan de felicidad, paz y justicia para todos los hombres?
• ¿Crees que el bien siempre triunfará sobre el mal?
• ¿Crees que todos los hombres y mujeres somos hijos del mismo Padre?
• ¿Crees que tanto amo Dios al mundo que le envió a su hijo único, no para condenarlo sino para salvarlo?
• ¿Crees que Jesús, Hijo Único de Dios, y único mediador entre Dios y los hombres, es capaz de salvar al mundo?
• ¿Crees que en su muerte en la cruz, murió también el pecado?
• ¿Crees que resucitó y está vivo para siempre?
• ¿Crees que tiene todo el poder en el cielo y en la tierra?
• ¿Crees que Jesús es la única respuesta y solución efectiva para los problemas del mundo?
• ¿Crees que hoy y aquí Jesús puede dar sentido a tu vida?
• ¿Crees en el Espíritu Santo fuente de Vida Nueva?
• ¿Crees que el Espíritu Santo todo lo transforma y santifica?
• ¿Crees que dirige a los creyentes y se hace presente en el amor?
• ¿Crees en la unidad y santidad del cuerpo de Cristo?
• ¿Crees que la madre de Jesús es también nuestra madre?
• ¿Crees que todo concurre para bien de los que aman a DIOS?
• ¿Crees que todo lo que haces a un hermano necesitado lo haces también a Jesús?
• ¿Crees que un día participarás de la resurrección de Jesús?
• ¿Crees que Jesús regresará triunfante a la tierra?

3.- Renuncia a Satanás y sus obras.

Así pues la verdadera y total dependencia de Dios, nos obliga a renunciar a todo aquello que nos ha encadenado al pecado, repitiéndonos formalmente nunca más volver a El. De pie se responde: Sí renuncio.

• ¿Renuncias a Satanás?
• ¿A todas sus obras y seducciones?
• ¿Al ocultismo, esoterismo y toda superstición?
• ¿A querer conocer el futuro al margen de Dios?
• ¿A la magia, curanderismo y hechicería?
• ¿A la lectura de las cartas, del café, del té y de la mano?
• ¿Al espiritismo y toda invocación de los muertos?
• ¿A la astrología, al zodiaco, a los horóscopos?
• ¿A adquirir poder y control sobre ti y los demás al margen de Dios?
• ¿Al control mental y a la dianética?
• ¿Al uso de amuletos, fetiches y talismanes?
• ¿Renuncias a filosofías contrarias al cristianismo?
• ¿Renuncias a la Nueva Era de Acuario también llamada New Age?
• ¿Renuncias completamente y para siempre a todo esto?
• ¿Renuncias también en nombre de tus antepasados?
• ¿Renuncias a todo egoísmo, lujuria y maldad?
• ¿A toda autosuficiencia, codicia y ambición?
• ¿A todo orgullo, soberbia y vanidad?
• ¿Renuncias a odios, rencores, celos y resentimientos?

4.- Oración para aceptar a Jesús como tu Salvador Personal

Ven, Señor Jesús. Te necesito. Te abro la puerta de mi corazón y de mi vida; te acepto personalmente como mi Salvador. Concédeme experimentar tu amor, tu salvación, tu liberación; dame tu vida en abundancia. Límpiame, purifícame, renuévame, transfórmame. Entra en mi corazón y en mi vida y llénala de ti. Haz de mí lo que quieres que yo sea. Protégeme y guárdame.

María, madre del Señor y madre mía, llévame a Jesús y enséñame a ser su fiel discípulo. Amén.

8.- Proclamación del Señorío de Jesús

Los que quieran rendir a Jesús todos los aspectos de su vida responden: Jesús es mi Señor.

• De mi familia y amistades
• De mi pasado, presente y futuro.
• De mis estudios o trabajo.
• De mi salud y enfermedad.
• De mi pobreza y riqueza.
• De mis amigos y conocidos.
• De mi cuerpo y de mi alma.
• De todas mis relaciones personales.
• De mi sexualidad y emotividad.
• De mi patria y de mi hogar.
• De mi casa y de mis bienes materiales.
• De mis esperanzas y temores.
• De mi vida cívica, política y social.
• De mi imaginación y memoria.
• De mi inteligencia y voluntad.
• De mis ojos y oídos, manos y pies.
• De mi manera de divertirme.
• De mi manera de comer, de vestir, de pensar y de hablar.

Las siguientes oraciones son opcionales de acuerdo a las necesidades de la comunidad, los objetivos del curso y el criterio del sacerdote asesor, pero hacen la experiencia espiritual de la liturgia penitencial más completa y fructífera.

5.- Sanación de los sentidos

Harán la señal de la cruz en el lugar que se vaya indicando con el dedo pulgar.

6.- Perdón de resentimientos

(Sanación interior)

7.- Oración de liberación.

lunes, 5 de julio de 2010

KERIGMA TEMA 6: EL SEÑORÍO DE JESÚS


TEMAS PARA LA RENOVACION DEL SACRAMENTO DE LA CONFIRMACION







Objetivo del tema: Proclamar a Jesús, Señor del universo y Señor de cada área de la vida.


A. Jesús Señor

Jesús, al tercer día de su ignominiosa muerte en la cruz, fue resucitado por el Poder de Dios, y sentado a su diestra. ¡Jesús está vivo!, gritaba la Iglesia primitiva. ¡Jesús está vivo!, era la Buena Nueva que anunciaban las comunidades cristianas. ¡Jesús está vivo!, es el centro de la vida de la Iglesia. Dios no permitió que su Hijo experimentara la corrupción, al contrario, le exaltó y le glorificó.

- Le dio el Nombre que está sobre todo nombre: Flp 2,9.
- Le concedió todo poder en el cielo y en la tierra: Mt 28,13
- Lo llenó de su Santo Espíritu: Hech 2,33
- Lo constituyó Señor y Mesías: Hech 2, 36.

La resurrección, exaltación y glorificación de Jesús es el culmen de su obra salvífica. Si Cristo no hubiera resucitado vana sería nuestra fe. Si Cristo no hubiera sido glorificado vana sería nuestra predicación y nuestra esperanza.

Sin duda que el culmen de la glorificación es la recepción del Espíritu Santo. El gran premio que el Padre le concedió a su Hijo en su exaltación fue una nueva y más abundante efusión de su Santo Espíritu:

“Exaltado por la diestra del Padre ha recibido el Espíritu Santo prometido” (Hech 2,33)

Si durante su vida terrena siempre estuvo recibiendo Espíritu Santo, por su gloriosa exaltación lo recibió de una manera infinita.

Y, con la recepción del Santo Espíritu, se le concedió la más alta investidura de poder en el cielo y en la tierra: Fue constituido SEÑOR:

"Sepa con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús”. (Hech 2,36)

SEÑOR: El título de Señor lo ha constituido como dueño absoluto de todo el universo: del pasado, del presente y del futuro. Hombres, animales y toda la creación le están sometidos. Vencedor de la Muerte y del Maligno. Cielo, mar y tierra están bajo su poder. Juez de vivos y muertos: Hech 10,42; el Salvador: Hech 13,23; el Jefe que lleva a la Vida: Hech 3,15; el Mesías anunciado por los profetas: Hech 3,18.

Por otro lado, el título del Señor (Kyrios), que en el Antiguo Testamento era reservado exclusivamente para Dios, al ser aplicado a Jesús, afirma de una manera muy eminente su carácter divino. ¡Jesús es El Señor!

B. Jesús, mi Señor

Pero el dominio de Jesús sobre todo el universo debe extenderse de una manera especial y concreta sobre aquellos que creen en su Nombre; sobre cada uno de nosotros. Jesús es El Señor, pero debe llegar a ser efectivamente mi Señor, mi Rey. Esto es, quien decida en todas las áreas de mi vida, y quien gobierne toda mi existencia. El, quien dirija todos los deseos y apetitos, el que tome todas las decisiones de la vida: las grandes y las pequeñas.

“Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos serás salvo”. (Rom 10,9)

Se trata de proclamar el Señorío de Jesús en todas las áreas de nuestra vida. Esto de ninguna manera anula nuestra personalidad o capacidad de decisión. Todo lo contrario. Se trata de hacer precisamente la decisión fundamental de que en adelante, sea Jesús quien tome todas las decisiones de la vida.

Ahora bien, el Señorío de Jesús es total o no es Señorío. O Jesús es Señor cien por ciento o no lo es. El no acepta el cincuenta por ciento de nosotros, ni el ochenta ni el noventa. Ni siquiera el noventa y nueve por ciento. Para que Jesús sea Señor se le tienen que rendir todas las áreas y aspectos de la vida. Hay que abrirle todos los rincones de nuestro corazón y permitirle que al entrar en ellos, los inunde con su luz.

Jesús no pide mucho. Jesús lo pide todo. El no se con¬tenta con formar parte o ser un aspecto de nuestra vida. El quiere ser el centro único de nuestra existencia. O todo o nada. O frío, o caliente, pero no tibio. A los tibios los vomita de su boca: Ap 3,15-16. El no admite ser sólo un adorno decorativo en nuestra vida, sino un personaje real que vive en nuestro corazón y gobierna efectivamente todo nuestro ser. Jesús quiere ser verdaderamente, el Rey de nuestra existencia.

Por eso, su reinado no puede ser como el de las monarquías constitucionales de Inglaterra, Bélgica o Suecia. No. En Inglaterra, por ejemplo, la reina Isabel II es un personaje muy importante: su imagen y su retrato la vemos por todas partes: está en los billetes y las monedas. La encon¬tramos en las estampillas postales y en las oficinas de gobierno. En el sitio más importante del Parlamento inglés, está la imagen de la reina. Tiene un palacio, ricas joyas y su carroza es tirada por doce caballos blancos. ¡Ella es la reina!, sin embargo, ella no es la que gobierna en Inglaterra. La autoridad suprema no es ella sino el Primer Ministro y el Parlamento. En el Parlamento está la fotografía de la reina, pero no es ella quien toma las decisiones importantes.

La reina es para los desfiles, las fiestas importantes y los aniversarios, pero no gobierna el país. Ella, ciertamente, firma los tratados y las leyes, pero los tratados y las leyes fueron elaborados por el Primer Ministro y el Parlamento. A ella simplemente se los dan para que los firme.

Hay muchos cristianos que toman el reinado de Jesús. Rey de reyes, como el de la reina de Inglaterra. Cada uno hace las leyes de cómo quiere vivir, hace los proyectos de su vida, toma sus decisiones y luego nada más va a Jesús para que los apruebe y firme, no permitiéndole que tenga parte alguna en su elaboración. Jesús es el Rey, pero ellos son los Primeros Ministros.

Otros se cuelgan la imagen de Jesús en una medalla de oro con una lujosa cadena. Jesús y su reinado es sólo algo exterior para ellos, porque quien gobierna su vida no es el Señor, son ellos mismos. Jesús es algo sólo exterior, que forma parte de esa vida, pero no es el centro; no es verdaderamente el Señor.

Otros más, tienen la imagen de Jesús en su casa, pero sólo es un simple adorno, porque quien gobierna ese hogar y esa familia no es Jesús sino ellos mismos. El cuadro es un adorno artístico porque Jesús no es realmente el Señor allí.

En el comedor de una casa había una imagen del Señor Jesús muy hermosa, enmarcada en oro y terciopelo, iluminada con un reflector que la hacía resaltar aún más, cau¬sando la admiración y el comentario de propios y extraños:

- Ya tiene treinta años ese cuadro en nuestra casa, dijo el padre de familia. El Señor Obispo lo colocó aquí.
- Sí  -continuó la esposa-, pero hace apenas dos años que el Espíritu Santo lo puso como Señor de nuestro corazón.

Cristiano no es el que tiene una imagen de Jesús en su casa o en su cuello, sino el que es una imagen de Jesús en su casa y fuera de ella. Cristiano no es el que dice con su boca: "Señor, Señor", sino el que realmente vive haciendo la voluntad del Padre de los cielos. Leer Mt 7,21.

Si de alguna manera se pudiera sintetizar o describir la experiencia de la Renovación Carismática y de todo convertido al Señor, sería con las frases: "Jesús es mi Señor", "Jesús es nuestro Señor", hechas realidad. La diferencia fundamental entre un cristiano y otro que no lo es, aunque se diga tal, es que el pagano habla, se divierte, piensa y vive según los deseos de la carne, con los criterios mundanos y haciendo siempre su propia voluntad.
El cristiano, por el contrario, vive según la voluntad del Señor, regido por los valores del Evangelio, con los criterios de Cristo y al impulso del Espíritu. No basta que Jesús sea nuestro Salvador. Es necesario que llegue igualmente a ser nuestro Señor. De otra manera queda incompleta su obra salvífica.

C. Proclamación del Señorío de Jesús, aquí y ahora

Si Jesús no es todavía realmente el Señor de toda tu existencia, hoy es el momento en que lo puedes proclamar como tal. Este es lugar para hacerlo. Decídete a vender todas las perlas para poder comprar la Perla preciosa. Decídete a entregarlo todo para quedarte con Jesús. En verdad vale la pena. Concretamente el Señorío de Jesús consiste en que hagamos todo y sólo lo que él quiere, como él quiere y cuando él quiere.

Pero, ¿cómo nos dirá Jesús cuál es su voluntad? Muy sencillo. En cada circunstancia en que nos encontremos bastará con preguntarnos ¿cómo actuaría Jesús si estuviera en mi lugar? Es más, hay que preguntarle al mismo Jesús: ¿Comprarías este vestido, Señor Jesús? ¿Cómo usarías tú el dinero, Señor Jesús? ¿Cómo amarías, Jesús, a tus hermanos, amigos y enemigos?... y hacerlo tal como lo haría Jesús.

"Hagan lo que él les diga": (Jn 2,5): nos dijo la Mujer que realmente fue "esclava del Señor" y en quien la Palabra de Dios se hizo carne.

“Si confiesas con tu boca que Jesús es Señor y crees en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo. Pues con el corazón se cree para conseguir la justicia y con la boca se confiesa para conseguir la salvación” (Rom 10,9-10)


Video del canto "Te Amo mi Señor Jesús" de Elmer Hernandez