Buscar

domingo, 5 de febrero de 2012

La oración de Alabanza (Parte 2)

A Dios le agrada nuestra alabanza (Parte 2)


Un don de Dios

La alabanza no es algo a lo que nosotros nos sintamos naturalmente inclinados; más bien parece que nuestra inclinación es al lamento, al reclamo, a la inconformidad. Es Dios el único que nos puede hacer cambiar de “mentalidad”; el que nos puede regalar una conversión como a Habacuc, que de la oración de lamentos pasó a la oración de alabanza en toda circunstancia. Como Job que de la interpelación a Dios, pasó al sacrificio de alabanza. La alabanza es un “don” de Dios; por eso debemos implorarlo con ilusión.

El salmista, de pronto, se da cuenta que está alabando a Dios; está entonando himnos para él. Por eso exclama: “Puso en mi boca un canto nuevo” (Sal 40, 3). La actitud de alabar a Dios no es normal. Es nuevo. Es algo que Dios ha puesto directamente en la boca del salmista. Consciente de esto, el salmista también implora de Dios ese canto nuevo con humildad, y le dice: “Abre mis labios y proclamarán tu alabanza” (Sal 51, 15). El poeta de los Salmos sabe perfectamente que es Dios el que tiene la llave que abre los labios para que alaben a Dios. San Pablo hizo referencia a los “gemidos inenarrables” ( Rom 8,26 ), que el Espíritu Santo pone dentro de nosotros en la oración. Ciertamente se refiere a ese “canto nuevo” de alabanza que el Señor pone en nuestros labios: la oración de alabanza.

La iglesia en su sabiduría de siglos nos enseña a comenzar la “Liturgia de las horas”, suplicando a Dios que nos conceda el don de saber alabarlo; de allí que esta oración litúrgica se abre con las palabras del Salmo 51: “Abre mis labios y mi boca proclamará tu alabanza”, una oración que muchas veces debemos repetir, pues, la oración de alabanza, sobre todo en los momentos difíciles de nuestra existencia, sólo puede ser producto de un regalo de Dios. Un “gemido inenarrable”, “inefables”, “un canto nuevo”, que Dios introduce en nuestro corazón por medio del Espíritu Santo.

La Biblia expone un nuevo dato. La alabanza a Dios no se limita a un determinado momento de oración: debe hacerse continuamente. Como el corazón no deja de palpitar, así los labios no deben cesar en una alabanza a Dios porque, segundo a segundo, se muestran su bondad y su misericordia. El salmista, por eso, escribió: “Desde el nacimiento del sol hasta el ocaso, alabado sea el nombre del Señor” (Sal 113, 3). También escribió: “Bendeciré al Señor en todo tiempo, su alabanza estará siempre en mi boca” (Sal 34, 1). El salmista emplea una figura llena de realismo y belleza cuando dice: “Sea llena mi boca de tu alabanza, de tu gloria todo el día” (Sal 71, 8).

La verdad es que cuando se camina en fe, todo se ve bajo óptica divina, y se descubre a Dios en todas partes, en todos los acontecimientos. San Juan de la Cruz, al ver los verdes prados, decía que era Dios que había pasado por allí y había dejado pintada de verde la naturaleza. Cuando Dios está no sólo en la mente, sino sobre todo en el corazón, no queda otro camino que tener la boca “llena de alabanzas a Dios en todo momento”.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Escribe tu comentario, comaparte lo que piensas: